Temas:
- Características de las adicciones
- ¿Por qué las redes sociales causan adicción?
- Cultura del goce y nuevas adicciones
- Compresión tiempo-espacio
- Superyo hipermoderno y la inversión de la rebeldía
- Excitación e inhibición
- Conclusión: La imposibilidad de la rebeldía y la construcción de nuevos ideales.

Adicción a redes sociales es un tema que ha causado más y más interés en los últimos años. Dichos medios de comunicación permiten conectar con personas de todo el mundo, compartir opiniones, pensamientos y experiencias. Sin embargo, el uso excesivo de estas herramientas puede producir un vínculo adictivo.
Esta adicción a redes sociales afecta significativamente la salud mental y las interacciones en la realidad compartida. En este artículo, hablaremos sobre la adicción a las redes sociales, sus causas, sus síntomas y la cultura del goce extendida en nuestra era hipermoderna.
De acuerdo a un reportaje de la BBC, tomando datos de la Biblioteca Nacional de Medicina de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, dicha organización afirma que más de 2 horas al día empleadas en redes sociales ya resulta dañino.
Sin embargo, plantear la salud o la patología en el uso de redes sociales (o cualquier objeto que se torna adictivo) basándose en el factor tiempo, no nos deja percibir el problema en su complejidad.
Como lo plantea Marshall McLuhan, cualquier inserción de un nuevo medio tecnológico (desde la rueda hasta los smartphones y las redes sociales) involucra transformaciones en la percepción del cuerpo, la dinámica de los vínculos humanos y las estructuras y ritmos de la sociedad.
Una de las propuestas de McLuhan consistía en crear herramientas teóricas que nos ayudarán a tomar consciencia de estos cambios y así evitar las secuelas dañinas que involucra la inserción de cambios tecnológicos en la sociedad que desequilibran el psiquismo y el sistema nervioso. La adicción a redes sociales es muestra de ello.

A propósito de los conceptos que están sobre la mesa con nuestro tema, la palabra narcótico posee la misma etimología del nombre Narciso. Este término se deriva de la palabra griega narke, que significa entumecimiento (también la raíz de la palabra narcótico). A su vez, la flor puede haber sido nombrada así debido a la fragancia embriagadora de algunas especies.
Esta flor se vincula con el mito griego del apuesto joven llamado Narciso que quedó tan fascinado por su propio reflejo en un lago que languideció hasta su muerte (de ahí la palabra narcisista).
Es así como los narcóticos -en este contexto las redes sociales- son objetos que producen ensimismamiento y entumecimiento así como ocurrió con el muchacho del texto griego. Esta necesidad de entumirse y ensimismarse es un tema complejo que abarca factores relacionales, emocionales y sociales. Empecemos pues con nuestro tema.

Características de las adicciones
Podemos comprender la adicción como el vínculo que un sujeto sostiene con un objeto que brinda placer/dolor al tiempo que el sujeto se ve incapacitado para establecer un ritmo de presencia-ausencia o una pauta de acercamiento-alejamiento saludable, engendrando así consecuencias patológicas a nivel relacional, laboral, económico y social.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la definición de adicción a las drogas es:
“El consumo repetido de una o varias sustancias psicoactivas. Se trata de un consumo repetido hasta el punto de que el consumidor que se intoxica periódicamente o de forma continua, muestra tanto un deseo como un consumo compulsivos de la sustancia (o las sustancias) preferida. Además tiene una enorme dificultad para interrumpir voluntariamente o modificar el consumo continuo de la sustancia.”

Puesto que existe esa enorme dificultad para desprenderse de la sustancia, que para nuestros propósitos es mejor llamar objeto adictivo, el sujeto a pesar de las secuelas negativas se verá magnetizado de manera incoercible hacia el abuso del objeto. En pocas palabras, el sujeto se transforma en sirviente del objeto, el sujeto se funde con el objeto y se cosifica a sí mismo en la adicción.
A su vez, el sujeto, al no poder regular el ritmo presencia-ausencia con el objeto, romperá constantemente las pautas de equilibrio de su cuerpo, implicando así un daño orgánico que puede llevar hasta la muerte.
El sujeto que padece una adicción, vivirá la ausencia del objeto con sentimientos como miedo, angustia y ansiedad. Al experimentar los retos y desgracias que se presentan en la vida, el sujeto estará convencido de que no puede afrontarlos por su propia cuenta y tendrá que recurrir a la presencia tóxica e inescapable del objeto.
Veamos ahora la definición de adicción que nos presenta la APA:
“La adicción es un estado de dependencia psicológica o física (o ambas) del consumo de alcohol u otras drogas. El término se usa a menudo como un término equivalente para la dependencia de sustancias y, a veces, se aplica a los trastornos del comportamiento, como las adicciones sexuales, a Internet y al juego.”
La adicción popularmente se entiende como la adicción a una sustancia ilegal como la cocaína, las metanfetaminas o la heroína o sustancias legales como el alcohol y el tabaco. Sin embargo, como lo plantea la APA, el fenómeno de la adicción también abarca las adicciones sexuales, el Internet y el juego. Es así que podemos extrapolar la adicción a problemas clínicos como la codependencia, la vigorexia o comer compulsivamente.
A fin de cuentas, la adicción adviene cuando se presenta un vínculo entre un sujeto y un objeto (vivo, no vivo, muerto, tangible o intangible) donde se procura placer/dolor y el primero se pierde en el segundo al ligarse con dicho objeto sin pausa, intermitencia o ausencia. O sea, un ritmo de vinculación caótico.
En realidad, hablar de las señales básicas placer/dolor alrededor de las adicciones no alcanza para explicar el fenómeno de las adicciones puesto que en ellas, el sujeto vive cantidades de placer tan altas que se confunden con el dolor y al mismo tiempo, experimenta cuotas de dolor tan excesivas, que se confunden con el placer.
Se trata del placer en el dolor y el dolor en el placer, una dimensión erótica excesiva en donde ambas señales confluyen. Esto es el goce. No obstante, desarrollaremos más adelante este tópico a la luz del imperativo de goce del Superyó hipermoderno.
¿Qué es un ritmo de presencia-ausencia caótico con el objeto? Presencia que no se puede soltar, presencia que brinda placer, pero no plenitud, presencia que ayuda para no sentir. Ausencia que se vive con sumas altas de angustia y ansiedad, ausencia que produce terror, ausencia que impide pensar.
El objeto adictivo, una vez que se integra a los sistemas biólogicos del sujeto, se convierte en parte de su organismo, y es así que el funcionamiento de procesos como el pensamiento, las conductas y las emociones, tendrán que operar con el objeto de la adicción que ya se ha integrado al sujeto en un sentido biológico, psicológico y social. En otras palabras, el objeto de la adicción ya es parte del cuerpo, la mente y la vida social del sujeto.
Ahora, en términos del ejercicio clínico, retirar el objeto de la adicción es como amputar una parte del sujeto o mutilar un elemento clave que sostiene los diversos sistemas en los que el individuo está entroncado.
Es por esto que el abordaje clínico que se enfoca en extirpar el objeto como si éste fuera un tumor, es una práctica limitada, ya que de entrada, aunque suene paradójico, el problema de la adicción no es con el objeto, ya que una vez que el sujeto renuncia al objeto adictivo, los sistemas biológicos, psicológicos y sociales que fundamentan la adicción, permanecen intactos y por ende, el fanatismo religioso, la codependencia emocional, el tabaco, el café y otros nuevos objetos tóxicos, serán buenos sustitutos que se le pueden brindar al hambre adictiva.
¿Por qué las redes sociales causan adicción?
a) Las redes sociales causan adicción porque son paliativos para la soledad contemporánea
Por simple observación se puede apreciar que la soledad va en incremento en nuestra sociedad hipermoderna y la pandemia por COVID-19 empeoró las cosas.
Diversos cambios sociales, económicos y familiares han dado como resultado una generación contemporánea que no planea llevar a cabo la práctica tradicional de casarse y tener hijos. Vivir en unión libre, mantener una relación abierta, cohabitar con roomies o vivir solo, son prácticas familiares que son respuesta a la caída de grandes estructuras de la cultura occidental como la Iglesia, el catolicismo, los roles tradicionales y múltiples crisis económicas y laborales.

Este nuevo paradigma familiar, que se construye más allá de los valores de la familia tradicional y además, cabe mencionar, valores que en mayor parte operan dentro del matrimonio católico en nuestra cultura occidental, involucra la creación de nuevos deseos, nuevas sexualidades, nuevos ideales, nuevas moralidades y nuevas estructuras.
Mientras se consolidan y libran conflictos con estas nuevas estructuras, los sujetos carecen de la confirmación interpersonal y de la mirada del otro que se encuentra de forma primaria en la familia, sea cual sea su composición. En efecto, independientemente de las piezas que compongan la familia, su función es sostener la vida (haya proyecto de paternidad o no) y una manera de hacerlo es mediante la mirada que confirma la existencia.
Esta falta de espejeo intersubjetivo resulta en estados de soledad y tristeza que pueden ser mitigados con ayuda de la adicción a redes sociales. En redes sociales los usuarios encuentran miradas de miles y millones de personas que brindan confirmación existencial en la forma de emojis, stickers, reacciones, retweets, comentarios y veces que se comparte un contenido.
En redes sociales, los sujetos, además de encontrar una actividad que les distrae de la tristeza que los agobia, también hacen contacto con otras personas con intereses similares con los cuales pueden convivir y crear vínculos significativos.
Sin embargo, toda solución sintomática no resuelve el conflicto, sino que solamente hace que el sufrimiento sea más llevadero. A su vez, aquello que causa sufrimiento persiste pues las soluciones sintomáticas son estrategias que cumplen diversos propósitos: autoengaño, procuración de placer de manera tramposa, pagar con culpa por procurarse dicho placer y bajo todo ello, una forma de evitar la angustia, que sin embargo, retorna una y otra vez.
Es por esto que el síntoma tiene que seguir utilizándose. En otras palabras, son preferibles las consecuencias destructivas del síntoma que vivir en angustia.
La soledad es una experiencia angustiante no sólo por el agobio que causa sentirse desapegado de los otros, sin semejantes que confirmen la existencia con la mirada, el contacto y la escucha.
Edward Tronick, en el experimento del rostro inmóvil nos da muestras de la importancia fundamental de la mirada y cómo comienza esto desde la relación madre-hijo.

Este experimento involucra a un bebé y un progenitor (en este caso, la madre) sentados uno frente al otro. La madre comienza jugando con su bebé, sonriéndole y hablándole. Poco tiempo después, la madre deja de brinar retroalimentación.
El siguiente paso es que la madre muestre una cara inmóvil o una falta de respuesta a su bebé durante 2 minutos. Después de la parte del experimento con la cara inmóvil, hay una reparación cuando la madre vuelve a la normalidad y vuelve a jugar y hablar con su bebé.
Lo interesante de este experimento no son las acciones de la madre, sino la reacción del bebé. Empezamos viendo a un bebé sonriente y feliz que se está relacionando con su madre. El bebé hace movimientos y sonidos para comunicarse con su madre y responde a las interacciones de su madre.
Después de la parte del experimento con la cara inmóvil, cuando la madre vuelve a interactuar con el bebé. Se nota la alegría del reencuentro y el alivio es evidente. El bebé puede regular rápidamente sus emociones una vez que la madre está presente nuevamente y el juego se reanuda con facilidad.
Es una angustia enorme sentir que uno se desvanecerá o dejará de existir al carecer de estas formas de espejeo y confirmación. Este factor es crucial para comprender cómo se fundamenta la adicción a las redes sociales: la enorme necesidad del ser humano de ser confirmado en su existencia.
b) Las redes sociales causan adicción pues brindan satisfacción inmediata
Uno de los grandes retos del desarrollo emocional es la tolerancia a la frustración. Como afirma René Spitz en El primer año de vida del niño:
“Privar al niño del afecto de desagrado durante el primer año es tan perjudicial como privarle del placer. Ambos colaboran en la formación del psiquismo; la inactivación de uno de ellos sólo puede conducir al desequilibrio.”
La frustración, es decir, el aplazamiento de la satisfacción, permite que el bebé y posteriormente el niño, adquieran la habilidad de pensar y buscar soluciones más allá de la descarga inmediata que involucra posibles efectos transgresivos en el hogar y actos antisociales en el futuro.
A su vez, las consecuencias de una crianza en la que se brinda satisfacción sin ninguna clase de espera, prepara el camino para una vida en donde las desgracias grandes y pequeñas de la vida significarán un apremio enorme difícil de tramitar.

Uno de los factores que sustentan la adicción a redes sociales es que éstas abastecen en cantidades descomunales diversas formas de satisfacción inmediata. En términos psicoanalíticos, las redes sociales son medios tecnológicos que amplifican el principio del placer y el proceso primario que consiste en el funcionamiento primitivo del psiquismo humano y bajo el cual se rigen los bebés y los niños. Por supuesto, el principio del placer nunca descansa a lo largo de la vida, sin embargo, es especialmente feroz en estas etapas del desarrollo.
Si hay aumento de tensión por hambre, el bebé puede recurrir a una descarga por medio del cuerpo ya sea llorando, apretando los puños, pataleando o mediante sacudidas. Igualmente, si no aparece mágicamente el alimento por efecto de sus descargas motoras, la cría humana puede fantasear con aquello que puede satisfacerla. Evidentemente, ni la descarga motriz ni el fantaseo generan cambios en la realidad compartida. La excepción es cuando la madre y otros cuidadores responden a las demandas del pequeño.
Es por vía del proceso secundario que involucra procesos como la cognición, el lenguaje y la contrastación entre fenómenos internos y externos (la prueba de realidad), que se pone entre paréntesis la descarga motriz inmediata y la fantasía omnipotente para llevar a cabo la prueba de realidad y ejecutar acciones que generen cambios en el mundo compartido.
El problema es que el proceso primario y sus formas de descarga brindan gratificación fácil e inmediata mientras que el proceso secundario y sus procesos racionales postergan la descarga y sólo pueden prometer una gratificación que quizá nunca llegará y en caso de que llegue, ya será demasiado tarde, pues el deseo se ha movilizado hacia otro objeto.
La realidad compartida y el proceso secundario son frustrantes pues en lugar de brindar placer, ofrecen aplazamiento tras aplazamiento tras aplazamiento. Otra frustracion: este aplazamiento no se lleva a cabo por el bien del sujeto, sino por el bienestar de la sociedad.
Es por motivos como estos que la realidad compartida se asocia con el displacer y una presión constante, mientras que la realidad interior se vincula con lo grato, lo apacible. Es decir, un entorno que no ha sido perturbado por las tensiones constantes de la realidad compartida.
Es así que los torrentes interminables de contenido con el que nos encontramos en los feeds de Youtube, Instagram, Facebook, Tik Tok y demás redes sociales, son fuentes de excitación constante que reciben respuesta rápida por parte del usuario para obtener pequeñas y grandes dosis de placer, pero grandes sumas de placer de manera acumulativa. La hiperestimulación y la gratificación inmediata en la que se encierra el sujeto adicto a redes sociales remite al principio del placer y el proceso primario, pero casi nulas acciones que involucren el cuerpo, el movimiento y la voluntad propia del sujeto. El sujeto se convierte en objeto pasivo de las tecnologías digitales.

El sujeto que al escuchar o ver notificaciones de su smartphone responde de inmediato, que no puede parar de deslizar sus dedos sobre pantallas líquidas para excitarse de manera ilimitada con información que va desde los memes, pasando por las noticias hasta llegar a lo pornográfico, que no puede dejar de contestar y enviar mensajes desde que se levanta hasta que se acuesta, remite a una dinámica opresiva donde un Superyó que demanda irrefrenablemente que el sujeto permanezca inmovilizado, adherido a las pantallas-cámaras-oídos omnipresentes del espacio social hipermoderno.
El carácter de redes sociales e Internet como gran Otro, como centro de poder y de saber, como Superyo digital, exige que el sujeto obedezca, que siga consumiendo contenido hasta el hartazgo. El Superyo siempre ha sido como un infante impaciente que demanda obediencia, pero en la Era Digital, es aún más despiadado puesto que no tiene las limitaciones de los seres biológicos que requieren pausa, descanso y están regidos por los ritmos circadianos. Este Superyo digital exige al sujeto que esté siempre encendido y que trascienda los límites biológicos de su cuerpo.
En términos neurológicos, el abuso de las redes sociales puede conducir a la adicción porque activa el sistema de recompensa del cerebro que libera dopamina.

La dopamina desempeña un papel como un centro de recompensa y brinda sensaciones de placer. También brinda incentivos para actuar al producir placer. Este sistema está diseñado, desde una perspectiva evolutiva, para gratificar cuando hacemos algo que necesitamos para sobrevivir como comer, beber o reproducirnos.
Aquello que brinda placer y dopamina, una vez que estabiliza el organismo, conduce a una sensación de saciedad que hace que se detenga el consumo del objeto que brinda saciedad y de este modo, se establece un proceso de equilibrio. Sin embargo, lo que brinda saciedad como comida, sexo o adicción a redes sociales, se puede vincular con necesidades emocionales y una vez que el sujeto encuentra esta solución sustituta para la dificultad psíquica, el sujeto seguirá consumiendo objetos suplentes como las redes sociales. La patología aparece cuando el proceso de equilibrio no forma parte de esta secuencia, sino que las cuotas de placer que brinda el objeto tienen que aumentar pues el objeto, una vez que se consume, no resuelve el conflicto. Es así que la apuesta tiene que subir y subir a lo largo del tiempo.
El consumo de contenido en redes sociales no cuenta con una contrafuerza, una retroalimentación negativa que le regule (puesto que Instagram, Tik Tok, Youtube, Facebook y otras redes sociales compiten por tiempo de atención de los usuarios). Estos territorios digitales son lugares siempre encendidos y siempre excitantes pues si toman un descanso, están condenados a desaparecer.

Por tanto, los procesos de equilibrio se ven constantemente perturbados por la retroalimentación positiva sin freno de la presentación incesante de contenido y por esto, el sujeto requiere mayores cantidades de estímulos igual que como ocurre con el bien conocido mecanismo de la adicción en donde el sujeto requiere mayores dosis de la sustancia una vez que su organismo se adapta a la dosis.
Es por ello que uno de los síntomas de esta problemática de adicción a redes sociales es la falta de sueño y desvelo provocados por consumir contenidos hasta altas horas de la noche. Del mismo modo que las redes sociales deben permanecer siempre encendidas y excitantes, el sujeto debe permanecer despierto y excitado, convirtiéndose así en un ser vivo sin ritmos circadianos.
c) La adicción a redes sociales compensa dificultades de vinculación
Cuando el niño comienza a gatear, se pone en marcha el proceso de separación-individuación que propone Margaret Mahler. Cuando ocurre esto, a diferencia del bebé en brazos que tiene poco control psicomotor y difícilmente puede desplazarse por su propia cuenta, el niño durante el proceso de separación individuación puede erguirse, desplazarse con ayuda de sus piernas y posee mayor control en sus manos para manipular objetos.
Estas novedades le permiten separarse de la madre poco a poco para convertirse en un ser relativamente autónomo. Por supuesto, esta separación no ocurre de golpe, sino que es un proceso gradual en donde el bebé se aleja de la madre y al tiempo que crea distancia entre ambos, busca la mirada de ella para ser confirmado, para solicitar a su madre el pasaporte para seguir diferenciándose en el mundo.

Si la madre tiene dificultades de separación y si se angustia al ver que el control absoluto que ejercía sobre el bebé se está perdiendo, dicho pasaporte estará en riesgo y se presentarán impedimentos en el ritmo presencia-ausencia.
Estos estancamientos del ritmo presencia-ausencia generan impedimentos con la capacidad de estar solo, la gestión de emociones y los tipos de apego que comenzaron a construirse desde las primeras vinculaciones del bebé con la madre y las subsecuentes durante el proceso de separación-individuación.
Antes del proceso separación-individuación, el bebé se encuentra fusionado psicológicamente con la madre y el espacio diferenciador que existe entre ellos apenas y existe, pues el ritmo presencia-ausencia se crea gradualmente. Cuando esto ocurre, aparecen los objetos y fenómenos transicionales que median la relación entre la madre y el infante. Los objetos transicionales que se manifiestan en materiales como una cobija, un peluche o una figura de acción, se convierten en sustitutos de la madre que sirven para continuar con la separación y el desarrollo emocional.

Eventualmente, si la vinculación madre-hijo posee un ritmo presencia-ausencia sano, esa fijación al objeto transicional desaparece pues no es necesario aferrarse a un objeto que calme la angustia. Siguiendo a Donald Winnicott, cuando los objetos y fenómenos transicionales fracasan, es cuando surgen los fenómenos fetichistas.
El concepto de fetiche se utiliza para referirse a objetos que se encuentran fuera de la norma sexual como niños, animales y cadáveres que se expresan en las desviaciones de la pederastia, la zoofilia y la necrofilia. El objeto fetiche es un objeto que se encuentra fuera de la Ley y el sujeto goza de las prácticas sexuales con objetos de esa clase.
De manera análoga al objeto fetiche, el vínculo que sostiene el sujeto con un objeto de adicción es uno en el que los procesos de ausencia y separación se ven mermados. Tanto el fetichista como el adicto se ven compelidos de manera inescapable a ligarse con un objeto que hay que consumir sin límites.
Realicemos algunas comparaciones entre el objeto transicional, el objeto fetiche y el objeto de la adicción.
-El objeto transicional facilita el vínculo, pero también la separación. Es con ayuda del objeto transicional que el niño, poco a poco, se separa de la madre. A su vez, el objeto transicional gradualmente se abandona.
-El objeto de la adicción facilita un vínculo, sin embargo, el ritmo presencia-ausencia entre el sujeto y el objeto es desorganizado: voracidad, consumo excesivo, incapacidad para pensar o sentir sin el objeto, angustia al estar sin el objeto.
-El objeto fetiche facilita un vínculo con un objeto prohibido, e igual que el objeto de la adicción, es como si el objeto inanimado ejerciera mayor control sobre el sujeto e igual que el objeto de la adicción, resulta sumamente difícil renunciar al objeto.
Enunciamos al inicio en otras palabras que la adicción adviene en un vínculo entre un sujeto y un objeto (vivo, no vivo, muerto, tangible o intangible) donde se procura placer/dolor y el primero se pierde en el segundo al ligarse con dicho objeto sin pausa, intermitencia o ausencia.
Si bien hemos hablado de teorías del desarrollo emocional como el proceso de separación-individuación de Margaret Mahler o el objeto transicional de Donald Winnicott, los síntomas también se anudan en las redes de lo social.
En efecto, el concepto de ganancia secundaria habla de beneficios que se obtienen en el ámbito social. Digamos, alguien al sufrir una depresión, sabe que puede ser atendido prontamente por la madre. No obstante, tenemos que pensar en términos macro (por supuesto decir macro o micro es relativo a la lente conceptual que se está utilizando, además que lo macro se refleja en lo micro y viceversa).
Lo que se aprecia a nivel macro es que en nuestra época hipermoderna, es la propagación de la inversión de una Ley represiva (pre postmoderna) a una Ley hedonista (hipermoderna), de un gran Otro de la mesura a un gran Otro del exceso, de ideales que creaban proyectos de vida hacia lo duradero: trabajar y jubilarse en la misma empresa, casarse, tener hijos y vivir con la misma pareja hasta la muerte hacia ideales que crean proyectos portátiles y desechables pues resulta sumamente difícil hacerse de una casa propia, formar una familia y poseer objetos que perduren en el tiempo.
Frente al rechazo de las tradiciones y el pasado y el pesimismo apocalíptico hacia el futuro, el sujeto hipermoderno entonces vive en un presente narcisista recibiendo la mirada de un gran Otro que confirma la existencia del sujeto siempre y cuando esté en goce y que goce hasta reventar en el consumo, las relaciones efímeras, las adicciones y el cinismo.
El Superyo hipermoderno ya no es el de la represión y el imperativo de obediencia, sino un Superyo que demanda gozar, que demanda desempeño, que demanda perfeccionismo, que demanda estar excitado todo el día todos los días.
Evidentemente, frente a un gran Otro dealer, frente a un gran Otro que goza con un sujeto que constantemente se fuga hacia adelante, no le queda de otra al sujeto que utilizar objetos adictivos para poder lidiar con las demandas inmensas de semejante monstruo.

Cultura del goce y nuevas adicciones
Previo a la era del Superyo digital y su imperativo de goce, como postulábamos el concepto de Ley, era en términos de obediencia a sus códigos. Por supuesto, desde que se creó el primer código de la Ley, existió la transgresión y la desobediencia, generando así una discordia inherente a la Ley misma: la Ley inventa el crimen y en tanto que lo inventa, lo persigue. La Ley desde su fundación es juez y criminal simultáneamente.
La expiación del pecado mediante el arrepentimiento, la confesión, el autosacrificio, el diezmo, la autoflagelación (de maneras literales o metafóricas) u oración, afirmaban la operatividad de la Ley y afirmaban al sujeto como obediente tras haber desobedecido o transgredido.

Esta misma secuencia narrativa se aprecia en el proceso legal, sólo que la pena en nuestro tiempo puede ser privativa de la libertad, restrictiva de derechos o pecuniaria.
La Ley pre hipermoderna manifestaba una distinción clara entre obediencia, desobediencia y expiación. Si bien la hipocresía, las figuras de autoridad con doble discurso, la obediencia dientes para afuera y la corrupción siempre han operado desde que existe Ley y (supuesta) sujeción a ella, la obediencia y la desobediencia eran categorías compactas, con límites rígidos.
Cuando Freud delineó el concepto de Superyo en 1923, nos encontrábamos en los últimos respiros de la Edad Moderna y unos años después de la Primera Guerra Mundial y ya se intuía que los nuevos dioses del modernismo (capitalismo, ciencia, tecnología, globalismo, Estados modernos y democracia) no podían sustituir al Dios trascendental de la cultura occidental.
El grito de guerra del modernismo consistía en dejar atrás la tradición y siempre ver hacia adelante en pos de un ser humano que no dependía de Dios o la Iglesia para llevar a cabo su proyecto de vida.
Sin embargo, la certeza de que los nuevos dioses del modernismo no bastaban, llegaría de manera apocalíptica en la Segunda Guerra Mundial donde ya no sólo se habla de la muerte de Dios, sino también de la muerte del ser humano como categoría, después de la declaración de Nietzsche en 1882 en La gaya ciencia.
Los campos de concentración, la bomba atómica y la ejecución masiva de seres humanos de 1939 a 1945 fulminaron no solamente toda traza de Dios como ser inamovible, sino que también pulverizó al ser humano como categoría.

Tras la Segunda Guerra Mundial, lo que siguió fue el conflicto entre dos proyectos económicos de escala mundial: el proyecto capitalista contra el proyecto comunista. Como bien sabemos, el capitalismo ganó la última batalla desde la caída del muro de Berlín y una vez que Estados Unidos se posicionó como el nuevo imperio mundial después del conflicto entre el Eje y los Aliados, se engendró un capitalismo sin freno a lo largo y ancho del planeta que aceleró los ritmos sociales, eliminó fronteras entre países y edificó la obsesión con la productividad y el desempeño.
Compresión tiempo-espacio
La aceleración que se produjo con inventos como el teléfono, el telégrafo, la máquina de vapor, la locomotora, el motor de combustión interna y la máquina de coser de la Revolución Industrial, llevaron a cabo una compresión del tiempo y el espacio sin precedentes a nivel planetario.

Este tiempo podemos entenderlo como la Era de la Explosión por los diversos estallidos tecnológicos que permitieron a los seres humanos desplazarse a través del espacio con pocas limitaciones, anulando así las restricciones del tiempo.
Tras la Segunda Guerra Mundial y la posterior llegada de la Segunda y Tercera Revolución Industrial, donde surgió la electrónica, la producción en masa, el avión, el automóvil y después los transistores, los microprocesadores, las computadoras y el Internet, ya no había barreras ni fronteras espacio temporales que pulverizar como ocurrió en los tiempos de la Era de la Explosión con las distintas clases de motores y los medios de telecomunicación e imprenta que convirtieron lo lejano en cercano. Es decir, un cruel asesinato en un lejano país podía sentise como local, a la vuelta de la propia esquina con ayuda del periódico.
Esta transición hacia la Era Digital puede comprenderse como Era de la Implosión o Era de la Compresión. En la Era de Compresión del tiempo y el espacio, mediante tecnologías como telefonía celular, Internet, redes sociales y smartphones, además de que las fronteras entre territorios se han borrado, también se han disipado las fronteras entre Yo y no-Yo, la diferencia entre seres humanos y medios tecnológicos se torna casi imperceptible pues ya no hay límites entre identidades o naciones.

Paradójicamente, Internet con su hiperabundancia de datos, supuestamente brindaría los recursos para generar gran diversidad de heterogeneidades, gran acumulación de conocimiento, sin embargo, no es así, puesto que nuestro planeta se ha convertido en un Monomundo con un puñado de países monopólicos llamados Google, Facebook, Instagram, Youtube, Tik Tok y Twitter que son dueños de las carreteras principales.
Ocurre que apreciamos masas de identidades homogéneas con los mismos filtros fotográficos, mismos bailes, mismas canciones de moda, mismos memes, mismos hashtags, mismas frases pegadizas, mismas prendas, mismos ídolos y mismos enemigos.
No obstante, estos trends, son efímeros, pues los países monopólicos de Monomundo requieren que los datos circulen sin cesar y sin descanso. En la Era de la Implosión, el tiempo entre causa y efecto es casi imperceptible y esto no da oportunidad de asentar una continuidad existencial y una identidad. Resulta que el aparato psíquico no puede responder a esta rapidez y a su vez, la identidad no termina de solidificar cuando ya de un momento a otro, ha surgido una nueva corriente identitaria, un nuevo trend con el cual el sujeto tiene que identificarse.
Superyo hipermoderno y la inversión de la rebeldía
En la Era de la Compresión, el Superyó hipermoderno impone ideales de belleza, riqueza y desempeño inalcanzables y rige con una moralidad que ya no se funda en la oposición entre obediencia y desobediencia.
Estos ideales de belleza y perfección hipermoderna se manifiestan en la proliferación de centenares de regímenes dietéticos, cirugías plásticas y software como Photoshop (y sus múltiples descendientes) y gran diversidad de filtros que anulan las imperfecciones y el envejecimiento de los seres vivos.
Claramente, esta idealidad se vive con grandes sumas de angustia, pues este Superyó hipermoderno, este gran Otro toxicómano, demanda que se cumpla con los ideales de belleza, riqueza y desempeño de manera incoercible.

Como siempre ha ocurrido en la dinámica entre el Superyó y los sujetos, una de las consecuencias de no cumplir con los ideales es la fantasía ( a veces más real que la realidad compartida) de perder el amor familiar, ser desterrado, ser ignorado, perder la oportunidad de entrar al Cielo y por supuesto, verse invadido por sentimientos de culpa (que es angustia de abandono, castigo, hambruna) como consecuencia de no cumplir con los ideales superyoicos. Esto mantiene al sujeto dentro de los parámetros rígidos de la Ley.
En cuanto al aspecto moral del Superyó, la culpa es también la moneda de cambio con la cual el sujeto permanece dentro de los límites, pero vale la pena comparar los mecanismos de la culpa contrastando la faceta ideal y la faceta moral del Superyó.
En la faceta ideal de la Ley, el Superyó emite imperativos en donde el sujeto tiene que hacer todo lo posible por encajar con esas imágenes ideales: ser buena madre, hombre proveedor, estudiante destacado, mujer delgada o profesionista descollante. Alejarse de esos ideales genera culpa e incluso depresión. Este sufrimiento por depresión y culpa al traspasar los límites, es una de las expiación que el sujeto tiene que padecer ante los ojos del Superyo.
En la faceta moral de la Ley, el Superyo emite imperativos en donde el sujeto tiene que obedecer preceptos que prohíben pecados y transgresiones como robo, infidelidad, corrupción, mentira o desidia. Cruzar la línea moral establecida por el Superyó acarrea un sujeto culpable que tiene que expiar sus pecados para restablecer la relación armónica con el Superyó.
Tanto la faceta ideal como la faceta moral del Superyó involucran preceptos que tienen que ser obedecidos. Al obedecer, adviene el sentimiento de ser amado por los padres, por Dios o por cualquier figura de autoridad introyectada.
Sin embargo, en nuestros tiempos hipermodernos la obediencia y la desobediencia no operan del mismo modo como hemos descrito líneas arriba a propósito de la cara ideal y moral del Superyó. Es cierto, el sujeto se sigue sintiendo mirado y angustiado por un Superyó que emite demandas, pero estas demandas ya no son de obediencia, sino imperativos para gozar sin límite.
La definición clásica de Ley, en donde la obediencia consistía en acatamiento del código y la desobediencia mediante contradicción, inversión, parodia o quebranto del código manifiesta diversas transformaciones.
En la era hipermoderna, para obedecer al Superyó es imperativo funcionar como un toxicómano y esto forma parte de los nuevos ideales y moralidad de la Ley en la Era de la Compresión.

Excitación e inhibición
Al vivir en un mundo hiperacelerado, en donde el tiempo no alcanza para construir un porvenir debido a los altos niveles de inflación y donde las expectativas de jubilación son prácticamente nulas, el sujeto debe producir, debe actuar, debe tener excelente desempeño y no puede descansar ni un instante pues tiene de frente un futuro apocalíptico.
Al tener que responder a estas macro demandas sociales que se traducen en micro demandas individuales, eventualmente el cuerpo no da para más. Son demasiadas horas de trabajo y pocas horas de sueño, demasiados ideales de desempeño y excelencia y el cuerpo no alcanza.
Sin embargo, los fármacos y narcóticos del Superyó contemporáneo están a la orden del día para mantener al sujeto excitado y pueda cumplir con las demandas de la Ley hipermoderna. Por otro lado, cuando la excitación se vuelve intolerable, el sujeto puede recurrir a centenares de objetos inhibidores. Depresores y estimulantes para todos en todos lados
Previo a la consolidación de la Ley hipermoderna ya contábamos con narcóticos legales como alcohol, tabaco, cafeína, antidepresivos y ansiolíticos así como narcóticos ilegales como la cocaína, la heroína y el éxtasis.
No obstante, en el Monomundo hiperacelerado, los narcóticos del gran Otro se han multiplicado exponencialmente. Como planteamos al inicio, la palabra narcótico, en su misma etimología, significa un estado de entumecimiento o estupefacción y ésta puede ser excitatoria o inhibitoria. El individuo pierde subjetividad y voluntad ya sea por aceleración excesiva o ralentización superlativa.
Los neo narcóticos del gran Otro no pueden plantearse en términos químicos o de sustancias ilegales, sino en la relación de sumisión toxicómana que engendran entre el sujeto y la Ley. Uno de los narcóticos hipermodernos más populares es el consumismo, por ejemplo.
Con ayuda de cientos de miles de repartidores en auto, bicicleta o motocicleta que buscan un ingreso adicional e infraestructuras gigantescas como las de Amazon y Mercado Libre, el sujeto puede procurarse microgoces mediante mercancías que pueden llegar hasta la puerta de su casa incluso el mismo día, creando así pequeños júbilos que hacen tolerables condiciones laborales opresivas y calman diversas dificultades emocionales.
La narcosis inhibitoria es patente en las maratones de Netflix en donde los usuarios ven varias películas o series completas en una sola noche, puesto que el contenido está ahí disponible para ser consumido, como un buffet seductor con millares de platillos que no puede ser rechazado. Efectivamente, la expresión en inglés binge watching, es sumamente ilustrativa pues binge significa atracón y la lógica oral del atracón se relaciona con una búsqueda de narcosis inhibitoria como ocurre al comer o beber en exceso.
La narcosis excitatoria igualmente puede apreciarse en el consumo compulsivo de contenido en redes sociales o en las aplicaciones de citas que eliminan los tiempos de espera en el proceso de conquista o en las opciones interminables de pornografía gratuita y de paga.
Es que la postura del sujeto ante el gran Otro hipermoderno es la de responder a la demanda del binge and purge, es decir, la demanda atracón-purga. Mediante el atracón de mercancías, flujos interminables de información, citas fáciles, millares de series y películas, pornografía, contenido incesante en redes sociales, exceso de videojuegos, comida chatarra y alimentos con azucar adicionada, el sujeto, después del atracón, pasa a la purga y el desperdicio. Una buena parte de esos datos, de esas imágenes, de esas relaciones efímeras, de esos productos comprados compulsivamente, se convertirán en vómito y excremento, en montañas enormes de basura.

Ante esta excitación constante, el sujeto padece ansiedad, estrés e insomnio. Para apaciguar esta agitación, puede usar inhibidores clásicos (alcohol, barbitúricos, ansiolíticos, opiáceos) y así dormir y perder la sensación de un cuerpo que está por estallar.
No obstante, los objetos inhibidores llevarán al sujeto al sopor y el letargo, pero el gran Otro de la Era de la Compresión emite demandas de aceleración continua, producción y performance, produciendo angustia al sujeto. Para responder a estas demandas, el sujeto tiene que usar objetos excitadores que pueden ser los típicos como cocaína, anfetaminas, nicotina, cafeína o de la especie hipermoderna como redes sociales, pornografía y contenido de shock.
Después de ese basamento, estamos en condiciones de plantear cómo es que opera la Ley hipermoderna y la inversión de la rebeldía. La Ley hipermoderna es una que legisla la reproducción despiadada de un mundo hiperacelerado y para que los sujetos puedan obedecer, deben excitarse e inhibirse con narcóticos que no están significados socialmente como narcóticos, sin embargo, son objetos de adicción que el gran Otro dealer ofrece como inocentes objetos que brindan placer. A su vez, los límites y las diferencias entre los objetos y las personas se difumina y el consumo de objetos de adicción y el consumo de seres humanos se convierten en sinónimos.
De modo que la obediencia como quebranto de los códigos de la Ley es una noción obsoleta en nuestro tiempo pues se ha dado una fusión entre obediencia y desobediencia y en efecto, el goce se ha inscrito al mismo bando de la Ley.
Obedecer al Superyó hipermoderno implica fetichizar al otro mediante pornografía a la carta como ocurre en Only Fans, explotar el cuerpo con falta de sueño por estar adherido a redes sociales y hacer comentarios incendiarios en diversas plataformas sin consecuencia alguna.

Dentro del paradigma judeocristiano clásico se valora la mesura y el freno al goce y desobedecer consiste en rebasar los límites. En cambio, la Ley del gran Otro hipermoderno es una en la que la mesura se convierte en un antivalor y la obediencia, paradójicamente, se traduce en acceso al goce. En otras palabras, acceder al goce significa cumplir con los ideales y la moral de la Ley hipermoderna.
Conclusión | La imposibilidad de la rebeldía y la construcción de nuevos ideales
En este estado de cosas, se eliminan los espacios libres para la rebeldía. Ocurre que la rebeldía plantea nuevas posibilidades de gozar, nuevas formas de ver y nuevas maneras de hacer. Evidentemente, la rebeldía era posible en virtud de que existía un código prohibitivo. Aunque la Ley creaba la posibilidad de la rebeldía, por lo menos el rebelde proponía diferencias y trastornaba los códigos y los signos del status quo.
En la era hipermoderna, ¿qué espacio hay para rebelarse cuando el acceso al goce está completamente abierto? En nuestros tiempos resulta que el obediente es aquel que goza sin reparo, que consume los objetos tóxicos del gran Otro sin mesura (es decir, una obediencia transgresiva) y el desobediente es aquél que desea quedarse atrás, aquél que decide negar el disfrute omnipresente de la Era Digital (es decir, una desobediencia del no-hacer, de retirarse del mundo).
El concepto de ideal ascético que postulaba Nietzsche en Genealogía de la Moral, se refería a una práctica que implica la negación deliberada de los placeres con la creencia de que esto acrecentara la virtud y la cercanía a Dios.

El ideal ascético se desarrolló como una práctica cuyo fin es la represión rigurosa del cuerpo, a fin de prepararlo para continuar como alma en el Cielo. Estas prácticas las entendía Nietzsche como afrentas contra el mismo ser humano pues la abnegación y la restricción le dicen no a la vida.
Esta sofocación judeocristiana del deseo engendra el humano como animal enfermo que va de la mano del resentimiento. Este resentimiento, como consecuencia de auto negarse la vida, se traduce en formas de violencia sobre el otro bajo la máscara de la moral y la compasión, como ocurre con el sacerdote represivo, que además de observar su propia abstinencia, también vigila la de sus semejantes. En otras palabras, la venganza que desea procurarse a sí mismo, la vuelca sobre los demás y el resentimiento que vive por su propia restricción, lo proyecta a los otros.
Si bien algunos pueden adoptar el ideal ascético como un medio para lograr la iluminación espiritual o moral, Nietzsche lo vio como una respuesta a los sentimientos de impotencia y sufrimiento, una forma de autocastigo y autoengaño, que en última instancia conduce a la desesperanza.
Por supuesto, el concepto de ideal ascético de Nietzsche aparece cuando el Gran Otro y el centro de gravedad del mundo Occidental eran Dios, la Iglesia, el catolicismo y la familia tradicional.

Mientras el siglo XX se acercaba en el horizonte, Nietzsche profetizó que la caída de estas grandes categorías no podía ser compensada con la racionalidad y la ciencia que aparecieron como sustitutos de Dios, el Rey y la Iglesia. Para el filósofo alemán, independizarse de estos grandes Otros no llevaría automáticamente a la liberación mental y espiritual del ser humano.
Todo lo contrario, el resultado es el nihilismo. El nihilismo es un momento único en la historia de Occidente caracterizado por la desvalorización de todos los valores producida por la muerte de Dios. Los nihilistas terminan habitando un mundo absurdo, instalados en el vacío que ha dejado el Dios muerto.
Ahora, no podemos decir que vivimos en tiempos de un Dios muerto, sino de un Dios ominosamente resurrecto, un Dios no-muerto paradójico que disuelve la oposición entre obediencia y desobediencia, un gran Otro transgresivo, un gran Otro perverso, El Superyo diabólico que prohíbe, pero también invita a gozar.
El ideal ascético se ha fusionado con un nuevo ideal: el ideal sibarita en la Era de la Compresión que es la Era Digital. Mientras que el ideal ascético consistía en el sacrificio de sí para un bien mayor, el ideal sibarita no tiene que ver con el acceso a placeres ilimitados que rompen los grilletes de la Ley, sino con goces que restringen y someten al sujeto como en los buenos tiempos del ideal ascético, sólo que en esta versión hipermoderna en donde los contrarios confluyen, estos goces ilimitados atrapan al sujeto en la paradoja del sibaritismo-ascético.

El asceta-sibarita accede a distintas formas de placer y goce al ostentarse como objeto fetiche en redes sociales, al comprar cualquier clase de producto que se imagine, al atragantarse con mares y mares de contenido y al hacerlo, piensa que está llevando a cabo un vida de libertad y autoafirmación. En primera instancia, es una cultura narcisista, pero al ajustar la lente, percibimos que el asceta-sibarita es prisionero del gran Otro, un asceta gozador que obedece al Superyo diabólico consumiendo sus millares de narcóticos y fármacos ya sean químicos o digitales.

El asceta-sibarita es alguien que al gozar cumple con el ideal hedonista de la Era Digital, pero en lugar de alcanzar la virtud mediante la renuncia, la culpa y la expiación de los pecados, alcanza la virtud mediante el goce.
Por otro lado, en el ideal ascético clásico, el sujeto llevaba a cabo sus actos de renuncia en función de un Tercero por el cual el sacrificio valía la pena. Un Tercero que daba sentido al mundo, que perdonaba los pecados y a cambio de las restricciones realizadas en vida, prometía el Cielo.
El sibarita-asceta en cambio, no tiene un Cielo a donde ir, no tiene un horizonte de sentido, no cuenta con un Tercero que lo sostenga puesto que el sibaritismo-ascético es un culto al Yo, un Yo que no rinde tributo al pasado y no deja nada para el futuro. La condición en los tiempos del hedonismo ascético es enrevesada ya que en el ideal ascético había una esperanza (favor de Dios, Cielo) que compensaba el sacrificio por la restricción terrenal. En cambio, en el sibaritismo ascético, la restricción de la vida mediante el acceso al goce, no ofrece ninguna promesa extra terrenal.
Esto, efectivamente, lleva al vacío y la ausencia de sentido, por lo que la adicción a redes sociales y muchos otros fármacos digitales están a la orden del día. El sibaritismo ascético y los narcóticos digitales que lo impulsan son una continuación invertida del ideal ascético, sin embargo, ambas prácticas llevan al nihilismo y la desesperanza.

Ante estos fenómenos psicopatológicos, ¿de qué manera puede intervenir la psicoterapia? Provisionalmente, ya sea para trabajar la adicción a redes sociales o con cualquier otra problemática, estos son algunos objetivos generales de un proceso terapéutico.
- Tomar consciencia de la historia familiar y su influencia en la estructuración del sujeto.
- Desenmarañar la ganancia primaria del síntoma
- Desentrañar la ganancia secundaria del síntoma.
- Crear maneras creativas de resolver conflictos internos y externos.
- Ejercer responsabilidad sobre el propio deseo.
- Configurar un norte de ideales que permita al sujeto llevar a cabo una vida humanizante.
En cuanto el inciso e, el espacio psicoterapéutico está dispuesto para cuestionar y resignificar los ideales y la moral que se han inscrito en el sujeto desde la influencia de la familia (inciso a). Una vez que el sujeto toma conciencia de que el objeto adictivo ya no es necesario para por ejemplo, lidiar con la ansiedad o la depresión (inciso b) o para obtener beneficios familiares o sociales (inciso c) el sujeto puede crear estrategias creativas para moverse en el mundo (inciso d).
A partir de lo anterior, el sujeto comienza a manifestarse, deja de ser objeto pasivo de las circunstancias y se convierte en un sujeto que se apropia de su deseo (inciso e).
Hablar sobre la responsabilidad del propio deseo, implica un sujeto que ya ha cuestionado y se ha enfrentado al gran Otro. Éste se manifiesta en figuras de cuidado, poder y saber tales como papá, mamá, familia, maestros, escuelas, Dios y Estado.
Una vez que se ha llevado el cuestionamiento y enfrentamiento con estas figuras, el sujeto está en posición de confeccionar un norte de ideales y moral que le humanicen y brinden sentido a su vida. Los ideales, ya sea mediante la pareja, la familia, el trabajo, el trabajo altruista, la enseñanza y demás, son antídotos contra el nihilismo y la desesperanza.
Es uno de nuestros retos como clínicos, no perder de vista que la confección de ideales y moral en la era hipermoderna, ya no cuenta con la misma solidez que en los tiempos en que Dios, Iglesia, Estado y familia regían con fuerza.
Trabajamos en una época donde el suelo sólido del pasado y las tradiciones se han desmoronado y donde el futuro consiste en una promesa de apocalipsis. En ese panorama, el sujeto que vive en la hipermodernidad se las tiene que arreglar para construir ideales.
El Club de la Pelea de Chuck Palahniuk, película lanzada en 1999 basada en un libro publicado en 1996, ilustra esta afrenta. Veamos una cita de Tyler Durden, el co-protagonista (que en realidad es una alucinación de nuestro narrador) de la historia:
“La publicidad nos tiene persiguiendo autos y ropa, trabajando en trabajos que odiamos para poder comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos del medio de la historia. Sin propósito ni lugar. No tenemos una Gran Guerra. Sin Gran Depresión. Nuestra Gran Guerra es una guerra espiritual… nuestra Gran Depresión es nuestra vida. Todos hemos sido criados en la televisión para creer que algún día todos seríamos millonarios, dioses del cine y estrellas de rock. Pero no lo haremos. Y poco a poco estamos aprendiendo ese hecho. Y estamos muy, muy cabreados.”

La frase de Tyler Durden aparece antes de la explosión de Internet y la adicción a redes sociales, pero el personaje de cierta manera está hablando de nuestro objeto de estudio y da justo en el blanco con las dificultades psíquicas de la posmodernidad: ausencia de sentido, cinismo y algunos narcóticos del Otro que adormecen el sufrimiento: promesas de fortuna y dioses de cine.
El sujeto hipermoderno por un lado está convencido de que se ha deslindado de los avatares del gran Otro como papá, mamá, familia, maestros, escuelas, Dios y Estado y por otro, está hambriento de ideales, ansioso por contar con ambiciones que le brinden norte y sentido a la vida.
La psicoterapia es una opción para resolver los conflictos expuestos en los seis incisos y en consecuencia, ofrecer un espacio para construir ideales y producir sentido. Sin embargo, si no se toman las medidas necesarias, el terapeuta se puede convertir en una nueva prótesis del Otro que fomenta el fanatismo y la dependencia, como ocurre en diversos ofrecimientos de coaching que ofrecen el Cielo en la Tierra.
El terapeuta es entonces alguien que brinda acompañamiento en esta encrucijada donde el gran Otro no tiene las respuestas típicas que se podían encontrar en la familia, la escuela, la religión o el matrimonio Además, como el gran Otro no tiene las respuestas, lo que ofrece es dependencia mediante fármacos como el consumismo o narcóticos como las redes sociales. Este gran Otro fomenta una dependencia que aplasta al sujeto. Es entonces que el terapeuta tiene la labor de acompañar para construir ideales, brindar sentido y desarrollar la independencia

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